Una casa perfecta, un proyecto de familia, un compañero buscado, conseguido y conquistado. Una idea bien terrenal, pero igual de mágica de lo que es vivir en pareja. La decisión de amar, ser fiel, armar panoramas de a dos, en vez de organizar arrancadas individuales a otras capitales o pueblitos perdidos en el norte. La vida constante y estable, tranquila, sin grandes intensidades. No hay periodos eternos de soledad en los que quieres morirte porque NAAAADIE te quiere. Tampoco el vértigo que provocan los periodos de buena racha, cuando la cacería es certera, fecunda y el coqueteo llega más lejos que a la pura insinuación.
Todo lo esperado y anhelado versus las ganas "irreseteables" y amenazantes, cada tanto, de seguir viviendo en total libertad.
La ilusoria idea de que todo tiempo pasado fue mejor es pendeja, pero creíble. La pulsión de la huida me inquieta. Es como tener ganas de hacer, cada tanto, un paréntesis en la nueva vida ordenada y purificada. Volver a la juerga, al vicio, a las salidas nocturnas. El dejar todo y largarse de ciudad, de acompañante, de trabajo, de orden establecido. Dejar todo y largarse a diario. Noche tras noche.
Cambiar el abrazo, solo de vez en cuando, que te contiene y te calma por el esquivo y vacío abrazo pasajero.Cambiar sólo por instantes la certidumbre de saber quien te amará mañana con tales caricias, con ciertas palabras, por la duda de si tendrás un beso al final del día. Cambiar lo que siempre soñaste, por lo que ya no tienes. Que estúpida es mi humanidad.
Partir en cuerpo y alma partir. Partir deshacerse de las miradas piedras opresoras que duermen en la garganta. He de partir no más inercia bajo el sol no más sangre anonadada no más fila para morir. He de partir Pero arremete ¡viajera! (A. Pizarnik)
lunes, 14 de mayo de 2012
martes, 11 de octubre de 2011
Pulsión
El hombre moreno, alto, de manos grandes y firmes, me tomó desde las nalgas con un brazo y cruzó mi espalda con el otro. Caminó unos pasos conmigo alzada y me tiró sobre la cama. Su peso completo sobre mi horizontalidad corporal. Su virilidad despierta sobre mi pubis, sus manos explorando mis caderas, la cintura y un pecho, luego el otro. Su boca se abalanzó sobre mis senos, los disfrutó largo tiempo, para luego subir por el cuello y ahí llevarme al extremo del delirio.
Me perdí en mil gemidos. No opuse ninguna resistencia ni control. Sucumbí al erotismo primigenio. Él dominaba y yo recibía, extasiada. Salí del inconsciente. Desperté con ganas de más.
Me perdí en mil gemidos. No opuse ninguna resistencia ni control. Sucumbí al erotismo primigenio. Él dominaba y yo recibía, extasiada. Salí del inconsciente. Desperté con ganas de más.
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