viernes, 7 de junio de 2013

Padecer

Cuando Olivier se fue, experimenté un dolor inédito y devastador. Nunca más volví a sentir lo mismo, pese a que viví otros abandonos tan o más importantes. El dolor era una cosa, pero la sensación de soledad era otra igual de profunda y aniquilante. No es que estuviera sola, pero mis amigos, mi familia aunque estuvieron todo el tiempo pendientes tratando de ponerse en mis zapatos, no podían percibir la intensidad del duelo. Esa soledad tampoco volví a experimentarla, sino hasta ahora que Puran lucha por recuperarse en medio de una convalecencia frágil y delgada.
Hoy es de esos días en los que todos quienes nos han sostenido, los amigos, la familia, continúan con justa razón sus  vidas, mientras yo siento esa misma soledad abismante que no puedo, aunque quisiera, compartirla.

No es solo uno el que padece  esta enfermedad. Es el que tiene el cáncer y el o la que lo acompaña a cada control, a cada quimioterapia. La que despierta en la noche cuando el protagonista se desvela, tiene taquicardias o necesita ir tres, cuatro o cinco veces al baño. La que observa como las nauseas por leves que sean afectan el ánimo, la que escucha los gases, la que soporta el mal humor o los gestos de desagravio. La que corre a resolver temas de licencias, pagos y atrasos de la Isapre entre el tiempo destinado al trabajo, las visitas al hospital y la casa. La que escuchó primero el diagnóstico aterrador. La que tuvo que comunicarlo. La que ve como su pelo se va poniendo gris, mientras el pelo del otro se cae a pedazos. La que siente el cuerpo agotado y observa cómo la juventud de a poco se va escapando. La que deja de recibir besos y caricias, a cambio de molestia, mutismo y desgano. La que dibuja carteles de bienvenida e infla globos para recibirlo en casa tras el alta y la que regresa sola porque ese día se posterga a causa de una fiebre inexplicable. La que sostiene, la que ama, la que entrega energía, la que ríe y empatiza y que al final de todo, aunque no lo esté, se siente  igual desamparada.

lunes, 13 de mayo de 2013

La ida y la vuelta

Las calles que recorrí,  el acento que resistí, el olor a humedad, los paisajes que incorporé como referencia. El puesto de la esquina, el restaurant vegetariano, el paseador de perros, el mate de las 10 y el otro de las 3. El camino que lleva al rosedal, la calle Thames y el café de la esquina con su tostado de tomate y queso. Ese que fue el primero dónde cruzamos palabras con Daniela y desde dónde vimos a un tipo con pistola en mano que corría tras haberla descargado, mientras nosotras, ¡justo, justo!, hablábamos de la seguridad de la ciudad.
El letrero que dice "Juncal" y los recuerdos que aparecen de las idas al cine, los -4 de temperatura que me hicieron tiritar. El departamento pequeño al lado del Delicity ahí en Godoy Cruz, dónde alguna vez desayunamos. Y mi boina tejida de lana blanca que perdí en algún taxi. El jardín de los gatos y el comienzo de todo.
Las caminatas eternas y solitarias por el Abasto. Las idas y venidas desde Bulnes con Charcas hasta el hostal, y de Aguero hasta calle Córdoba y de ahí hasta la 21 de mayo, Carlos Pelegrini o cualquiera del down town.
La conversación con Rejane en la cocina un día de trópico en medio de un  agosto helado. Las mujeres corriendo con los lobos.
La sensación de liviandad y libertad, de magia y de hogar. Buenos Aires como mi desierto en el norte de Chile.