Una de mis grandes amigas se está separando. En enero, tres de las cuatro que conformamos ese círculo de mujeres celebrábamos la apuesta de iniciar vida en pareja. Nos embarcamos en el nuevo viaje llenas de miedo, pero con ganas. A la Paz se le quitaron las ganas a la semana de convivencia. Se dio una oportunidad, pero la relación no despegó nunca en estos seis meses.
La miro, nos miro, y me pregunto si es posible obtener cifras azules en el emprendimiento amoroso cuando nos hemos comprometido con más años que la media. No es por ser vieja, sino por mañosa que a veces con los 35 a cuestas se hace más difícil empatizar con el otro, ceder espacios, negociar el lado de la cama o las salidas nocturnas; no sentirse aludida por comentarios odiosos. Por mañosas y hormonales porque si hay algo que nos define en esencia es la condición emocional, que de vez en cuando nos vuelve insoportables incluso para los compañeros de trabajo. Que levante la mano la que con algo más de 10 años de vida laboral no ha llorado ni una sola vez con un jefe, un colaborador, un xx que irrite nuestra voluble sensibilidad. Ahora pregúntele a un hombre...
Mientras más años, más mañosas, más hormonales, más complejas, más difíciles de sucumbir al influjo de la vida marital que sí o sí genera restricciones, renuncias, abstinencias y desganos. Es realmente un dilema, en el sentido más griego de la tragedia porque a nosotras, mujeres libres e independientes, nos sitúa en la encrucijada de ceder, compartirse y comprometerse en una vida de a dos, o abandonar la idea de un compañero estable a cambio de mantener la libertad. Desde la libertad de vincularse (o no) con quien uno quiera, hasta de pasar un fin de semana en pijama sin bañarse.
Está triste la Paz. Deshecha, más bien es la palabra y sus amigas sufrimos con ella la pérdida, que no es la pérdida de un hombre (o no sólo eso). Es el proyecto roto, la sensación de haber vuelto a foja cero, de retroceder, de dejar que el peso de la historia sea más determinante que un futuro posible.
Entonces, nos reunimos. Organizamos salida de chicas, no en casa, sino en un bar. Sin horarios, sin presiones de ningún tipo, sin restricción de comentarios o gestos. Nos reunimos como antes en el círculo que nos recuerda que aún somos mujeres vivas, que nos conecta con todos nuestros aspectos femeninos, la emotividad, la coquetería, los zapatos o el accesorio de moda, el cariño, la sensibilidad, lo receptivo, el comentario frívolo, la reflexión profunda. Las ganas de seguir siendo minas ricas, valientes y emancipadas que nos ayuden a seguir adelante y, como en tantas otras épocas, volver a empezar.
Partir en cuerpo y alma partir. Partir deshacerse de las miradas piedras opresoras que duermen en la garganta. He de partir no más inercia bajo el sol no más sangre anonadada no más fila para morir. He de partir Pero arremete ¡viajera! (A. Pizarnik)
jueves, 12 de julio de 2012
miércoles, 13 de junio de 2012
Días de lluvia
La lluvia se instaló en Santiago. Me gusta ver cómo varios paraguas de colores quiebran el gris del día. Es una imagen reciente en mi historia. De chica nunca tuve ni usé un paraguas, porque en Tierra del Fuego y Punta Arenas no sirven de nada.
Recuerdo que un día de típica lluvia magallánica, cerca de los 12 años, salí de clases y en la mitad del camino un auto pasó por al lado y salpicó toda el agua que pudo desde una poza abultada en la esquina de calle Bulnes. La sensación es de haber quedado empapada. Mojado el escolar abrigo azul de lanilla, mojados los calcetines, zapatos y hasta los calzones. Llegué llorando a la casa, creo que por impotencia, por frío y porque sentía que mis papás eran unos desconsiderados al dejarme sola ante las inclemencias del clima. Sí, era bien regalona yo.
El segundo recuerdo es de Cheltenham. Al terminar mi turno en el National Star Center cerca de la media noche, comencé a cruzar el el terreno del instituto desde la acomodación dónde trabajaba hasta chapel flat, dónde vivía. La lluvia abundante caía en diagonal sobre el césped y yo caminaba bien enfundada en la parca negra tipo michelini, comprada en los chinos del pueblo. "Quien me manda a Inglaterra a cuidar adolescentes especiales en invierno", me criticaba. Pero al rato llegaba a casa y encontraba en la cocina a Fer o Marisa, a Juman y Manu, alrededor de un vino, comiendo pastas, escuchando a Silvio o a los Stone Temple Pilots. Fumando tabaco. Aún extraño el tabaco en los días de lluvia. Aún tengo ganas de tabaco en días de lluvia.
Y el tercer recuerdo es, precisamente, de un cigarrillo encendido al lado de la estufa de la cocina del Hostel Córdoba que estaba muy bien instalada en la azotea del edificio. El cigarro, el computador en la mesa, el mate o el café con leche y las amplias ventanas que dejaban ver como el cielo de Buenos Aires se caía a goterones sobre la ciudad. Esas lluvias sí las disfruté, aunque a veces duraban muchos días y al cabo de un tiempo terminaban por aburrirme
Hoy, es bonito ver como los paraguas de colores quiebran el gris del día.
Recuerdo que un día de típica lluvia magallánica, cerca de los 12 años, salí de clases y en la mitad del camino un auto pasó por al lado y salpicó toda el agua que pudo desde una poza abultada en la esquina de calle Bulnes. La sensación es de haber quedado empapada. Mojado el escolar abrigo azul de lanilla, mojados los calcetines, zapatos y hasta los calzones. Llegué llorando a la casa, creo que por impotencia, por frío y porque sentía que mis papás eran unos desconsiderados al dejarme sola ante las inclemencias del clima. Sí, era bien regalona yo.
El segundo recuerdo es de Cheltenham. Al terminar mi turno en el National Star Center cerca de la media noche, comencé a cruzar el el terreno del instituto desde la acomodación dónde trabajaba hasta chapel flat, dónde vivía. La lluvia abundante caía en diagonal sobre el césped y yo caminaba bien enfundada en la parca negra tipo michelini, comprada en los chinos del pueblo. "Quien me manda a Inglaterra a cuidar adolescentes especiales en invierno", me criticaba. Pero al rato llegaba a casa y encontraba en la cocina a Fer o Marisa, a Juman y Manu, alrededor de un vino, comiendo pastas, escuchando a Silvio o a los Stone Temple Pilots. Fumando tabaco. Aún extraño el tabaco en los días de lluvia. Aún tengo ganas de tabaco en días de lluvia.
Y el tercer recuerdo es, precisamente, de un cigarrillo encendido al lado de la estufa de la cocina del Hostel Córdoba que estaba muy bien instalada en la azotea del edificio. El cigarro, el computador en la mesa, el mate o el café con leche y las amplias ventanas que dejaban ver como el cielo de Buenos Aires se caía a goterones sobre la ciudad. Esas lluvias sí las disfruté, aunque a veces duraban muchos días y al cabo de un tiempo terminaban por aburrirme
Hoy, es bonito ver como los paraguas de colores quiebran el gris del día.
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