martes, 23 de julio de 2013

Oh Melancolía

Hace unos días me topé con la canción Oh Melancolía!de Silvio que utilizamos como let motive de un documental escolar, hecho en tercero medio y en el que entrevistábamos a un ermitaño de la costa de Chañaral que durante la dictadura se autoexilió en el Desierto de Atacama. Nuestro objetivo era hablar de la soledad. Teníamos 16 o 17 años.
Escuchándola tuve un viaje. Entre medio de mi múltiples melancolías de los últimos días apareció con fuerza la de esa época, trayéndome recuerdos de un periodo feliz y lejano.
Me acordé de mi despertar social, sentimental y sexual. De la cofradía del "punto uno", de los amigos y de la vastedad del paisaje de Salvador que parecía ser entonces una metáfora de nuestras infinitas posibilidades de futuro.
Recordé mis primeras guitarras sobre escena, la celebración del aniversario del liceo con plantaciones de árboles y venta de papas, fritas por nosotros mismos. De las ocupaciones que hacíamos de las casas vacías del barrio americano para pasar una noche de conversas y primeros vinos con los amigos y pretendientes. Del chocolate capri que comíamos con la chica una vez a la semana, sentadas en la pandereta del hotel.
Me acordé de las escapadas con el Lalo en jeep al cerro, de la primera vez, del drama que hubo al final de la historia. De la alegría, la inocencia y de la certeza de tener todas las opciones disponibles. Del brillo en los ojos, de la libertad.
Ese espacio aparece en mi memoria con la imagen de una Carolina que nunca llegué a ser. Probablemente me resolví de mucho mejor manera en algunos aspectos. Salí al mundo, erradiqué preconceptos impresos en el adn, me di la opción de dejarlo todo y empezar de nuevo. Traspasé mis límites, mi propias fronteras mentales, pero no sé por qué hoy tengo la sensación que esa oportunidad la tuve sólo porque lo hice en un periodo en el que no tenía nada que perder, un periodo de liviana juventud en el que el cambiar de opinión era un derecho que no me atrasaba, ni restaba sustancia.
Hoy siento que la vida se abalanza sobre mi y que ya no hay tiempo de modificar ni recomenzar nada, aún cuando la tendencia a la fuga me aprieta el pecho y se traduce en el primer pensamiento del día.


martes, 18 de junio de 2013

Me explico

No es sólo necesidad de sexo por sexo. Es la complicidad que nace en la cercanía de los cuerpos. Es el juego previo y post, la conversación transparente, el intercambio energético. Es el vínculo.
No sé si es cosa de minas, pero creo que una podría prescindir de un polvo por un rato, si es que entre una y el otro permaneciera el estado de conexión absoluta. Pero cuando esto se pierde, cuando aquella unidad imprescindible se pierde, la necesidad de sexo, que además del placer en sí mismo ofrece la clave del acercamiento, se vuelve una urgencia. 
Sucede que a estas alturas, el futuro está siendo siempre más difícil de sobrellevar que lo que va quedando atrás. 
Ahora en casa, Puran se ha vuelto inaccesible. Volvió a su vieja costumbre de iniciar un viaje hacia dentro como otros, en otras épocas, que lo llevaron muy lejos de su entorno y de las personas que lo amaron. Yo me di cuenta de ello al segundo o tercer día del alta. Vi con mucha desconfianza cómo fue preparando sus maletas hasta que sin despedirse decidió cerrar la puerta hacia el exterior. Le advertí que estaba bien que procesara, pero que no se aislara demasiado. Que si insistía en sumergirse muy profundamente terminaríamos por perdernos de vista. Y está sucediendo.
Estos últimos días he sentido su ausencia y su indolencia ante la pena que provoca en mi su encierro. A ratos siento que hablo con otra persona, en una frecuencia totalmente distinta. Le he dicho, por ejemplo, que hace tanto rato no me siento amada. Siento su cariño, su agradecimiento, incluso la necesidad que despierto en él, pero no el amor que dice profesar.Y su respuesta es que en todo este tiempo de miedo e incertidumbre mi mano lo ha conducido, contenido y hecho sentir en casa. Entonces, nuevamente, veo que no entiende que esto no se trata de él sino de mí y que su argumento justamente, no hace otra cosa, que corroborar mi sospecha.
Le he dicho que requiero algo de ternura, un gesto, un algo que me nutra de vuelta porque me estoy quedando vacía y seca. Me pide que lo perdone, como si por el solo hecho de solicitarlo yo dejara de sentir el dolor que me causa su indiferencia. Pero se equivoca, porque más evidente se vuelve su encierro y con ello más me aleja. ¿Cómo puedo perdonar algo sin signo de retractación? En qué minuto de la historia el verbo perdonar comenzó a conjugarse como aceptar. ¡Perdón!, pero yo entiendo el amor como un esfuerzo de empatizar con el otro, como una energía que mueve voluntades y que inspira para ser mejor que lo que se era como individuo solitario. No como una justificación que ampare un universo centrado en el ombligo.
Le he dicho, se lo he dicho, pero no logro que me escuche ni que asome su rostro a nuestra ventana.